Soy feliz: tengo un nuevo cinturón de tribal y no necesito nada más

13 01 2008

En realidad tengo tres nuevos cinturones de Afganistán, una tobillera, un collar y dos kuchis que pienso utilizar en cuanto tenga un traje de baile decente. Ahora sólo falta que me pueda poner todo esto en alguna ocasión para sentir la felicidad completa.

Pero antes de seguir con el tema, aviso: esta entrada está dedicada para todas las locas de la danza tribal, especialmente a aquellas que han “sufrido” conmigo largas horas practicando shimmies y ondulaciones imposibles. Si no tienes ni idea de lo que es la danza tribal, si no le pones velas a Nericcio y Brice para que te den fuerzas en el próximo taller de fin de semana y los crótalos no son tu instrumento musical favorito, mejor no continúes leyendo. Te vas aburrir y encima pensarás que tengo una extraña obsesión (algo que por otra parte no deja de ser verdad).

Y ahora que estáis todos advertidos, sigo. Si alguna vez tienes la oportunidad de ir a Bangkok, no puedes perderte el mercado de fin de semana de Chatuchak. Allí venden todo lo imaginable, desde artesanía tailandesa hasta ropa de lo más moderna. Ni se te ocurrar ir allí si no puedes permitirte hacer unas compras, porque lo vas a pasar fatal. Durante el viaje de fin de año pasamos un día entero y justo cuando pensaba que ya había gastado suficiente dinero y debía empezar a cortarme un poco, me encontré con esto.

Mis amigos me miraban con cara rara porque no lograban entender qué veía yo de bonito en ese montón de collares y cinturones con pinta gastados. Mientras yo intentaba resistir la tentación y me decía a mí misma que debía irme antes de que me dejara medio sueldo en la tienda… Al final cedí y el resto del grupo me abandonó sola ante mi afán consumista-tribalero. Menos mal, porque no creo que hubieran podido aguantar la media hora que pasé probándome cinturones y rebuscando collares.

Cuando pregunté el precio de uno de los cinturones casi me entra la risa. De los tres que me llevé, el más caro costó 600 bahts, menos de 14 euros al cambio actual. Lógicamente, con ese precio no iba a limitarme a comprar un simple cinturón. Empecé a mirar varios modelos, después me pasé a los collares y luego Saif, uno de los dueños de la tienda, me enseñó una tobillera que me queda perfecta. También había tocados, pulseras, telas y todo tipo de accesorios. Si aún viviera en España habría comprado más cosas, pero en Vietnam parece que nadie sabe lo qué es la danza tribal. No puedo ir a clases, no puedo ver actuaciones y mis pocas compañeras de danza oriental están más interesadas por las lentejuelas y los brillantes.

En total me gasté 2000 bahts (45 euros) y al final Saif, que estuvo atendiendome todo el tiempo, me regaló dos cuchis. Tengo que volver a Bangkok antes de regresar a España, ¡creo que tres cinturones no son suficientes!





Pero, ¿ya es 2008?

3 01 2008

Esta ha sido mi primera Nochevieja fuera de casa y casi ni me enteré cuando dieron las 12. Sin uvas, sin disfraces por la calle y sin varias capas de ropa encima no tenía la impresión de estar en fin de año, sino en una noche de fiesta como cualquier otra. Al sonar las campanadas los becarios vietnamitas y filipinos estábamos haciendo cola para entrar en una gran fiesta en RCA, una de las principales zonas de marcha de Bangkok, y no nos dio tiempo a ver la cuenta atrás desde las pantallas gigantes que había dentro. Si no fuera porque todo el mundo se puso a gritar creo que ni me habría dado cuenta de que ya estábamos en 2008.

Ya sé que se ve fatal, pero ¡os aseguro que el sitio era enorme! Iván, Carlos, Arancha, Benjam�n, Pedro y Tra.

Pero tampoco voy a quejarme… no está mal pasar Nochevieja en manga corta por una vez. :) La fiesta se celebró en una calle en la que todos los edificios eran bares, enormes y con varias zonas cada uno. La música era sobre todo hip hop (¡Alberto, nos acordamos de ti!) pero lo más divertido era cuando sonaban los grandes éxitos thais y todo el mundo se volvía loco. Había un sólo dj para toda la calle, pero si querías cambiar de éstilo no había más que entrar en un local y pasar de una sala a otra. ¡Y había muchas!

Por ejemplo, este grupo estaba tocando al lado del baño de las chicas, en una habitación llena de sofás con una decoración que en un bar en España no hubiera durado intacta ni una semana.

(Antes de que digáis nada, la idea del gorro no fue mía) 

En realidad no me di cuenta de lo grande que era el sitio hasta que no me quedó más remedio que ir al baño, una auténtica odisea… Menos mal que fui haciendo amigos por el camino para no perderme.

Qué simpáticos los thais.

Acostumbrada a volver a casa todas las nocheviejas ya de día, al fiesta terminó relativamente pronto. Hacia las cinco ya había llegado al hotel, justo a tiempo para llamar a España y felicitar a todos por el año nuevo antes de que tomaran las uvas. ¡Las próximas con vosotros!